Sus pies no se detenían. No importaba lo que hiciera:
saltaba, se paraba en puntas, se arrojaba al suelo. Rodillas y codos magullados
de frustraciones.
La velocidad iba en aumento, su corazón palpitaba
desesperación, la respiración le asfixiaba su oxígeno. Miles de pensamientos
venían a su mente como moscas a la carne putrefacta.
No es cierto que la vida transcurra en un instante, sólo sin
sentidos atraviesan punzantes las ideas. ¿Así que esto es lo que se siente
cuando ya no hay esperanza? Se repetía como un estribillo musical pegadizo
jamás olvidado.
El hedor de la agonía golpeaba contra los bordes de la fosa.
De cabeza, sus pies como bielas empujaban el aire, resoplos de un viejo jean
azul que se roza rompiendo el silencio.
El miedo congela las cuerdas vocales. Un grito mudo a oídos sordos.
Ya no se resiste. Es hora de que las cataratas de sal sellen para siempre en
oscuridad las alucinaciones de un desquiciado.
Será entonces allí, en el fondo de sus delirios, donde
finalmente se perderá incomprendido en un chasquido de vida.